El Hambre Interior

Hoy fuimos junto a la Profesora Julia Moretti, el Profesor Richard Lightcap,15 alumnos de Y11 y un grupo nutrido de voluntarios de TECHO, a la primera Salida CAS del año.

Como hacemos generalmente, nuestro destino fue un asentamiento donde viven familias en situación de emergencia social, en este caso en Pilar. Los alumnos pudieron participar de la buena noticia que muchas familias recibieron, esto es, que el próximo fin de semana largo de Mayo se construirá junto con ellas una nueva vivienda. San Andrés participará junto a alumnos de Y11&Y12 de esta Construcción.
El sentido de las viviendas es acercar a las familias a una oportunidad más digna de vida. Aunque sabemos que con esto solo quizá no alcanza.
Quizá lo mejor que podamos llevarnos de esta experiencia sea el contacto humano, la apertura a una realidad diferente. La sensación de que nuestro corazón se agita, la urgencia de querer salvar.
En una casita precaria, hoy, Natalia recibió nuestra visita, dos profesores, dos alumnos y un voluntario. Ella se encontraba con sus hijitas, de 3 y 1 año. Se la notaba cansada. No por el día. Ni por el calor. Se me ocurrió pensar que quizá por el peso de años de falta de oportunidades. O quizá por el rostro apremiante del futuro.
Su hija Tamara de 3, de pronto, lloraba. Miraba a su madre, mientras ella intentaba comprender lo que le estábamos anunciando. Debo reconocer que no mostró una alegría superlativa. Creo entender por qué. En medio del lenguaje del mundo adulto, algo detuvo en el tiempo los corazones de quienes estábamos presentes:
– Tengo hambre – dijo la niña.
Su mamá le alcanzó un pan, que encontró, duro, que quizá es el último contacto con la esperanza que Natalia puede hallar en su cotidianidad.
Pero el pan no alcanzó. El hambre de Tamara, la niña, también era un hambre simbólico. Pero a la vez real. Con una mirada comprendimos, junto a José, uno de los alumnos, que nuestro corazón nos impedía voltear el rostro.
– Tengo hambre… – lloró la niña, devolviendo el pan apenas mordido.
Este hambre es un hambre de días, un hambre de olvido, un hambre de anonimato. Este es un hambre que mueve mis manos mientras escribo esto, como sencillo testigo de una realidad que nos supera, pero que nos invita a pelear por lo justo.
Junto a José nos acercamos a un almacén para lograr que al menos por unos días, a través de lo poco que podíamos acercarle a Natalia y sus hijas, el hambre de afuera se pudiera sobrellevar.
El hambre interior permanece. Nos hace mirarnos y preguntarnos cosas. Cada uno de los que hoy conocimos a Natalia y su familia, sabe qué es lo que ese hambre tiene para decirnos.
Lo que hagamos con este hambre ya depende, definitivamente, inevitablemente, ferozmente, de cada uno de nosotros.


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